Mostrando entradas con la etiqueta Paralisis cerebral. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Paralisis cerebral. Mostrar todas las entradas

jueves, 14 de mayo de 2020

Queda mucho






El viernes anterior a la declaración del estado de alarma, hace hoy dos meses, pasé un momento por casa de Daniel y sus padres, guardando ya la distancia de seguridad, porque Daniel es persona de alto riesgo. Nos despedimos por unos días, sin abrazos, con un “vamos hablando” que se ha prolongado, como para todos, durante un par de meses, en sus diferentes modalidades: llamadas de voz, videollamadas, whatsapp. Esta semana ya hemos podido, por fin, volver a vernos, como todos. Pero, todavía, de nuevo, sin abrazos. Nos costó mucho. Pero Daniel es persona de alto riesgo y, aunque es evidente que la protección absoluta no es posible ni para él ni para nadie, procuramos ser lo más precavidos y cuidadosos posibles. El coste emocional está claro. Pero que sucediera algo por falta de atención, de cuidado, tendría un coste mucho más grave, incluida la devastación emocional.

Soy consciente de que todos tenemos muchas dudas en esta extraña y dura situación, provocada por la pandemia. También tenemos miedo y, contradictoriamente, al mismo tiempo quizás sentimos ya a accionarse dentro de cada cual una palanca que impulsa a huir y a olvidarnos un poco de todo. Estamos cansados. Pero queda mucho. Queda mucho.

No debemos olvidarlo. Salir a la calle no quiere decir que esto haya terminado. Queda mucho. Y todos tenemos, seguro, uno o dos o tres Danieles a nuestro lado por quienes tener cuidado, por quienes cuidarnos, por quienes pedir a los demás que sigáis teniendo cuidado.

domingo, 12 de abril de 2020

Los abrazos

Daniel y yo nos hemos enfadado muy pocas veces. Cuando él se enfada, o cuando saca a pasear su indiferencia porque tú te has enfadado, hay algo que nunca, nunca, falla para romper el hielo y volver a la comunicación y a la ternura: ¿un abrazo, Daniel? Jamás se ha resistido al calor de un abrazo, a ese gesto de amor y comunicación al que Daniel llama, “un mimo”. Durante muchos, muchos años, pasábamos la mitad de las horas de cada tarde que iba a verlo, en plan koala; siempre terminábamos delante del ordenador o de la televisión con Daniel hecho un ovillo entre mis brazos. El contacto cuerpo a cuerpo es para él fundamental. Y terapéutico, equilibrador. No ha abandonado la necesidad de la cercanía corporal. O simplemente no cercena esa necesidad, como solemos hacer los adultos en general, por propia inercia de nuestros adustos quehaceres cotidianos. Yo aprendí de él la capacidad de curación que puede tener un abrazo. Daniel ya es un chaval grande, prácticamente más grande que yo, y aquella rutina que tanto nos gustaba ya no es posible. Pero sí lo son los abrazos con los que nos saludamos cada tarde que nos vemos, los que nos damos mientras estamos juntos, o cuando nos decimos hasta mañana o pasado mañana (como solíamos). Como todos, en esta cruel crisis del coronavirus que nos obliga a estar separados para protegernos mutualmente, llevamos ya cuatro semanas sin abrazos, y nos quedan algunas más.



Así que echad de menos, sin rubor, los abrazos. Es un signo de clara humanidad.

lunes, 15 de julio de 2019

¡20!



¡FELIZ CUMPLEAÑOS! ¡20!


Veinte años aprendiendo nuevas dimensiones contigo, y dispuestos a lo que haga falta. Todo nuestro amor.








lunes, 2 de julio de 2018

Cantantes



Veréis, de niña, uno de mis juegos favoritos era organizar conmigo misma un festival de canción. Por aquel entonces aún se vivía en España con cierto frenesí el de Eurovisión (antes de su caída, previa a su nueva y actual resurrección) y también llegué a seguir con embeleso otros festivales como San Remo o Benidorm, tan veraniegos. Me gustaba mucho cantar. Aún me gusta, la verdad. Aunque nunca haya estudiado. Ya me hubiera gustado (una cosa más que no pudo ser). De niña, cantaba mucho. Yo sola, en casa. Canciones de todo tipo. En fin, ¿a qué viene esto? Pues a que a mi sobrino también le gusta muchísimo cantar. La cara de felicidad que se le pone cuando entona y, ahora, cuando hilvana alguna frase de la letra es de espectáculo pirotécnico. Hoy hemos hecho "trietos" con Plácido. O sea nos hemos puesto en Youtube un par de discos de romanzas zarzueleras  del superhéroe Plácido Domingo y nos hemos lanzado. Algunas tardes anteriores ya habíamos ensayado un poco.

Hace unos días, a Daniel le dieron sus notas finales. En este caso, las notas son realmente notas. O sea, apreciaciones textuales sobre cuestiones muy diversas que integran el desarrollo del curso escolar: desde los avances en conocimientos, la actitud, la capacidad de comunicación, de atención, los temas físicos de motricidad, afectaciones, la sociabilidad, etc. Una de esas notas, si no recuerdo mal de su profesora de música, incidía precisamente en esto de que Daniel es un tipo hipermusical. Siempre lo ha sido, ya sabéis. También contaba la nota escolar cómo le gusta cantar a Daniel y cómo se arranca a ello un poquito más cada vez. Señalaba algo que os sonará: cómo utiliza la uuuuu para cantar. Y también decía cómo se lanzaba en ocasiones a terminar las estrofas.

Clase de música en el colegio (creo que es del curso pasado)


Alguna vez he contado cuánto me emocionó, hace muchos años, escuchar a Daniel intervenir en la última sílaba de las estrofas de las canciones que yo iba cantando, durante un paseo una tarde por el barrio. Era aún bastante pequeño, cinco años o así. Me emocionó y me llenó de esperanza. Pues ahora ya no sólo termina con la última sílaba, sino que se atreve con frases cortas. La de hoy: "A la sombra de una sombrilla, los madrigales son ideales/ a media voz" (Mazurca de las sombrillas, de la zarzuela "Luisa Fernanda"), que hemos intervenido y tuneado a nuestro aire, como calentamiento para los "trietos" con el maestro Plácido Domingo.

Al final de la tarde, le he tenido que prometer que si mejoramos un poco más (un poquito) nos presentaremos a Eurovisión: la, la, la, la, la, la, laaaa ...

martes, 25 de abril de 2017

Estamos bien

Por la noche, cuando por fin Daniel concilió el sueño (al menos un rato), su madre no quiso eludir la necesidad de comunicar la sensación de alivio y paz (aunque no sean perfectos) que indudablemente transmite el rostro de Daniel tranquilo y relajado. Un cuerpo, un rostro entregados al sueño son territorio pacificado, invitan a la reconciliación con uno mismo. Quien observa le dice al durmiente: bien, estamos bien ahora, puedo sentir este bienestar contigo ahora. Desde pequeño y aún ahora todavía, ya un señor joven, el rostro relajado de Daniel cuando duerme o mientras se despierta siempre me ha transmitido un caudal de endorfinas benéficas. Puedo entender pues,  un poco por lo menos, la necesidad de su madre en ese momento de hacer la fotografía de Daniel durmiendo tranquilo en la sala de observación de cardiología del Hospital Clínico de Zaragoza y compartirla, tras un muy largo día de nerviosismo extremo y preocupación porque había sufrido una lipotimia y tenía una acusada taquicardia, que no terminaba de frenarse.



La parálisis cerebral no es una enfermedad. En los primeros años de nuestra convivencia con ella me apunté a un foro de padres y afectados, aunque yo no reunía ninguna de dichas condiciones. Buscaba desesperadamente información para saber a qué nos enfrentábamos. Recuerdo unas broncas tremendas y poco pedagógicas que un adulto afectado lanzaba contra unos angustiados padres, casi todos con hijos muy pequeños, cuando ellos hablaban sobre todo de intentar paliar en lo posible las afecciones que tenían sus hijos. El adulto se quejaba en aquellos abroncamientos de que los demás sólo hablábamos de la parálisis cerebral como algo a lo que enfrentarse médicamente. A él le interesaban ya más los aspectos sociales, la reivindicación necesaria de la  inclusión. Cada parte tenía sus razones. Porque en los primeros momentos hay que saber como manejar la situación desde el punto de vista de la salud, de las terapias. Luego todo ello empieza a formar parte de la rutina, y llega la lucha por los temas sociales. Hasta que en un momento determinado aparece alguna cosa diferente. La parálisis cerebral no es una enfermedad, pero acarrea patologías, muchas.

La pubertad y el crecimiento de Daniel nos han traído algunas, que se han ido desarrollando con el tiempo, como consecuencia, digamos, de un crecimiento corporal que no puede ser armónico. Por ejemplo, la escoliosis que se ha agudizado. Ahora debemos saber si la taquicardia que le afectó el otro día ha sido un episodio relacionado con una situación de deshidratación, o es algo que está ahí de fondo. Sabemos que siempre hay que mantener la alerta. Para las familias eso implica un estrés emocional y también un esfuerzo físico que nunca cesará. Aquellas broncas me siguen pareciendo absolutamente injustas.

Sé que para conseguir niveles de inclusión sociales suficientes y para que cambie la percepción de la discapacidad es necesario escapar de la mirada que sólo ve enfermos en las personas con discapacidades. Pero mejor que subordinar sin más la consideración de  las patologías y su necesidad de atención médica, deberíamos transformar nuestra actitud ante la enfermedad en general, aprender a no ocultar su existencia, a convivir de forma solidaria, consciente y no temerosa, con ella y sus circunstancias y consecuencias. En cualquier caso, la atención y el soporte socio-sanitario debería ser entendido como algo integral, complementario entre sí, e integrador con el entorno. Comienza a haber algunos indicios en los sistemas públicos y privados de esta forma de atender y entender tanto a los enfermos (a quienes su patología puede inducir a ciertas discapacidades, pasajeras o permanentes) como a las personas afectadas de síndromes (que les producen patologías diversas a lo largo del tiempo). Pero hace falta mucho más. Y sobre todo hace falta un cambio de perspectiva en los individuos y en toda la sociedad.

Un indicativo concreto de ese cierto cambio lo percibimos durante esta estancia en Urgencias. Hablo ahora simplemente de actitud. De la  actitud de los profesionales que ya se han dado cuenta de que su trabajo con un paciente que tiene parálisis cerebral es mucho más fácil, efectivo y tranquilo si cuentan con la familia, si escuchan a la familia y adaptan los protocolos al ritmo y particularidades que necesita un chaval que se desubica en el hospital, que además teme enormemente a los hospitales (porque una vez tuvo una experiencia bastante desagradable en uno de ellos), que necesita a su lado en todo momento cuando está en territorio inseguro a las personas que son sus manos, en parte sus ojos y sus intérpretes, que le protegen y a las que precisa emocional y físicamente para sentirse seguro.

Nosotros hemos aprendido a estar bien, a pesar de todo, y en verdad estamos bien, porque con Daniel hemos asimilado que la vida tiene muchas formas de ser vivida (lo he repetido muchas veces). Pero nuestro equilibrio es frágil, nuestro bienestar tiene siempre cimientos precarios. Así lo sentimos, sobre todo si nos comparamos con la facilidad que la gente no diversa tiene para recuperar su centro y su equilibrio, si es que estos  fallan en algún momento. Socialmente hay más medios para ellos, que realmente lo necesitarían menos. Pero, siempre lo repito, la línea que nos separa a unos y otros es muy delgada, invisible. No sabéis cuánto. Deberíamos aprender a atravesarla por solidaridad, no por obligación llegada la circunstancia no deseada. Nosotros intentamos hacerlo en la otra  dirección, y buscar la normalidad. Por eso, a nuestro ritmo, estamos bien. Porque Daniel sigue feliz.



viernes, 15 de julio de 2016

Cumpleaños 17




Hoy este chaval cumple 17 años. 

Es un tipo alegre, que disfruta a fondo, que sonríe y ríe mucho. Le encanta sentirse reír. Le fascina la música. También bailar. Y escuchar historias. Creo que siempre está escuchando, siempre atento (incluso cuando practica interesadamente y a posta su pose desconexión). Le gusta el fútbol y el baloncesto. En su habitación cuelga un banderín firmado por los jugadores del CAI, y una foto dedicada por Fernando Alonso (también tuvo una época muy de Formula 1). Es tierno, aunque puede armarse de un genio de mil demonios cuando saca a pasear su perfil obstinado y a veces un pelín intransigente y tirano. Es un payaso. Y un chico muy serio, muy reflexivo y agudo. Cualquier habilidad de las más perentorias le ha costado mucho esfuerzo, pero ha ido alcanzándolas, a pesar de que es bastante vago: aprender a comer, a hablar, controlar la mirada, al principio de todo casi hasta respirar.  Tiene una memoria de elefante y es rápido como el rayo asimilando conocimientos.

Cuando preparábamos las fiestas de sus primeros cumpleaños no nos atrevíamos a imaginar ni de lejos que sería él mismo quien ayudase en la compra de las cosas que tendrán hoy en la fiesta que celebrarán en el campamento de verano. 

- Inma: ¿compramos zumo?
-Daniel: Zumo sí
- ¿De qué?
- Melocotón
- ¿De qué más?
- Naranja
-¿Alguno más?
- Melocotón
- Ese ya lo llevamos, Daniel. ¿Quieres de piña?
- Piña sí
-¿Quieres patatas fritas y ganchitos?
- Si, patatas, ga-itos
-¿Qué compramos caramelos o gominolas?
-Goi-o-as
-¿Galletas de chocolate?
- No
- Hombre, ya sé que a ti no  te gustan, pero hay chicos a los que les gustan mucho. ¿Compramos?
- Vale


17 años sin parar de aprender también nosotros. Personalmente debo decir que la llegada de mi sobrino sino cambió mi vida (soy sólo su tía, y aunque comparto muchas cosas del día a día, no me veo implicada en las tareas más cansadas, en las noches sin dormir, en las dudas y en las decisiones transcendentales, etc), sí que desbarató unas cuantas de mis prioridades en la vida y varió mi enfoque para muchas cosas. He crecido y he aprendido mucho, lo sé, gracias a Daniel. 

Daniel nos ha obligado a no darnos por vencidos nunca, a saber que cada centímetro de vida hay que pelearlo, y saber tal cosa implica otras muchas, buenas y malas. A día de hoy, yo no sería como soy si él no se hubiera instalado en mi vida, de una forma tan natural como el ciclo de las estaciones.


Daniel tiene ya 17 años. Viéndole y tratándole puede pensarse que en muchos aspectos tiene menos años. Es así. Los médicos le llaman a esto retraso madurativo. En cualquier caso todos guardamos una parte inmadura de nosotros mismos. La diferencia es que Daniel no sitúa sus diferencias internas en planos distintos de comunicación. En cierto sentido, es más libre que yo. Y lo que más tranquilidad me da es que no me cabe duda de que es un tipo feliz feliz y eso no le asusta. 

jueves, 25 de febrero de 2016

Transporte inadaptado

Solamente he subido una vez a un autobús urbano con Daniel en su silla de ruedas. Fue hace ya unos cuantos años.  La norma de adaptabilidad para el transporte urbano existe. Pero las condiciones reales y cotidianas la desmienten sistemáticamente. Como hay tantos frentes en los que pelear, día a día, situación a situación, hecho a hecho, necesidad a necesidad, terminas por priorizar, por abordar lo más urgente para ti, lo más perentorio. En nuestro caso, como los centros públicos de Educación Especial cuentan con transporte escolar y el monovolumen familiar se adaptó hace ya años con rampa manual, es verdad que el tema del transporte urbano no ha sido un tema de primera fila de combate. Sencillamente hemos eludido sus dificultades y nos hemos apañado de otra manera.

Aquella vez que Daniel y yo fuimos en autobús urbano tomamos la línea 24 de Zaragoza. Fuimos a ver teatro en la ya desaparecida librería El pequeño teatro de los libros.

No todos los autobuses de la flota urbana cuentan con plataforma mecánica de acceso para las sillas de ruedas. Pero casi todos tiene una carrocería lo suficientemente baja como para que la silla no automática de Daniel pueda ser empujada desde la acera para subir al autobús, o al contrario. Daniel estaba entusiasmado. No paraba de decir “bus”, “bus”. Era una aventura nueva. Además teníamos una larga distancia que recorrer, prácticamente de principio a final de línea.

Cuando llegó el vehículo, ya vi cómo el conductor fruncía el ceño. Abrió la puerta y casi al mismo tiempo me dijo que no creía que pudiéramos subir. Le pregunté por qué. Me dijo que no tenía rampa. Le contesté que no veía el problema. El autobús contaba con una zona dedicada a las sillas de ruedas y carritos de niños, y yo podía subir la silla por mis propios medios. Quiso aclararme que había paradas en las que el descenso podía ser muy complicado, que no me lo aconsejaba. Le pregunté qué cuáles eran. Le indiqué la parada en la que debíamos apearnos, señalándole que me habían informado de que era practicable para la silla. Suba ya, se impacientó, porque mientras conversábamos ya habían pasado unos minutos y los demás viajeros ya estaban acomodados en el interior del autobús. Subimos. Arrancó sin darme  tiempo a llegar a la zona de anclaje de la silla, y eso que me di prisa, que ni siquiera me detuve a pagar. Lo hice después, cuando acomodé como pude la silla, la anclé y me aseguré de que Daniel no corría peligro.

Tuvimos un trayecto feliz nosotros dos. Daniel se lo pasó pipa, nos reímos, íbamos contando las cosas que veíamos, e incluso, cómo no, cantamos. Quizás fue por eso que cuando íbamos a llegar al destino, el señor conductor llamó mi atención para explicarme que mejor no bajáramos en la parada que me habían dicho, que lo hiciéramos en la posterior, donde estaba mejor dispuesta la acera, y que la distancia hasta la calle donde íbamos era muy parecida. Le di las gracias. Nos preparamos y bajamos sin ningún percance, dispuestos a seguir disfrutando con el teatro. Pero, como podéis comprobar, han pasado los años y no se me olvida el mal rato que nos hizo pasar el transporte urbano de nuestra ciudad.

Estos días es noticia de portada en todos los medios la campaña de El Langui. Menos mal que de vez en cuando ya va cobrando visibilidad y notoriedad alguna de las personas con diversidad funcional, y gracias a ello las condiciones de desigualdad y discriminación en las que se desarrolla habitualmente el día a día de sus vidas se hace patente y alcanza eco. En este caso la protesta se ha centrado en la prohibición por parte de la compañía de transporte interurbano de Madrid sobre el acceso a los autobuses de las motos eléctricas que muchas personas con movilidad reducida emplean ya. La tecnología ayuda cada vez más a paliar muchas dificultades en las vidas de estas personas. Pero la tecnología sin posibilidades de inserción social no es casi nada. Parece que en el caso concreto del transporte interurbano de Madrid el tema se va solucionar. Ojalá así sea; la gente que vivimos en contacto con la diversidad funcional tendemos a pensar que todo es posible, por supuesto.

Pero en general esta situación no se produce sólo con este tipo de sillas. La norma existe, sí. Los carteles lo señalan, sí, en casi todos los vehículos urbanos de mi ciudad. Pero personalmente casi nunca veo una persona en silla de ruedas dentro de un autobús. Un silla de ruedas del tipo que sea: manual, eléctrica, plegable … Si hago memoria en el último año, sólo recuerdo una vez. La norma existe, pero la realidad se la salta sistemáticamente: yo he visto autobuses pasar de largo, sin parar, al ver que en la parada había una persona en silla de ruedas…

El ciclo de las frecuencias que no contempla paradas largas que permitan la maniobra de subir al vehículo con una silla de ruedas, las rampas que no funcionan, o que se dice que no funcionan, y desde luego la poca solidaridad, la casi nula empatía. Es una queja habitual, creo que bastante expresada públicamente y de forma reglamentaria ante el ayuntamiento. Pero no han generado reacción efectiva por parte de ningún responsable a ningún nivel.


Existen autobuses adaptados. Pero ese es otro tema. Porque se trata de un transporte que hay que solicitar con mucho tiempo, para el que suele existir lista de espera, que hace rutas un poco a medida de los usuarios que lo están utilizando en unos momentos dados… Y en cualquier caso, lo uno no resta lo otro, o no debería.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Cosas para contar



Hoy tenemos muchas cosas que contar. Pequeñas/grandes cosas que contar. Y vamos a hacerlo casi en plan viñetas.

Esta mañana hemos estado en la consulta del especialista de digestivo pediátrico. Recordaréis que hace casi cuatro años Daniel sufrió una grave esofagitis. Se recuperó muy bien, pero durante todo este tiempo hemos estado yendo a revisiones periódicas. Hoy le han dado el alta definitiva. Por dos razones, porque ya ha sobrepasado la edad oficial pediátrica en esta especialidad, y porque está estupendo-estupendo.

Hasta que se han encontrado conmigo, a Daniel e Inma les ha acompañado Fernando, el monitor de FEAPS, que ya se ocupa todas las mañanas de Daniel (levantar, vestir, desayunar, bajar al autobús). Ya se ha ganado a Daniel (mediando himno del CAI a la hora de desayunar), ya es uno más en el día a día del entorno de Daniel y de todos nosotros. Yo todavía no le conocía personalmente. Ha sido sólo un momento, pero me ha gustado verle.

Bien, esto hoy. Viernes pasado, día 22. Fue el cumpleaños de Inma. Daniel llegó a casa con dos regalos super-intencionados y super-currados, superando incluso el gran regalazo que había traído para su padre. 

Por un lado, confeccionaron en el cole una postal de cumpleaños a base de plantillas de punto de cruz, labor en la que Inma es toda una maestra:








Por otro lado, Daniel llegó con un conmutador inalámbrico que llevaba en su interior una estupenda canción de felicitación. Os invito a pulsar también para oír la canción (está en fabla aragonesa):

Bufa las velas



Con estas dos sorpresas vino otra, si cabe aún mayor. Quizás recordaréis que hace un tiempo comentamos en un post acerca de un andador diseñado en la Catedra para la mejora de la Autonomía Personal de Telefónica en la Universidad de Alcalá. El post es este:


El colegio se puso en contacto con ellos y un andador está en el colegio ya para que puedan probarlo los chicos y si se ve adecuado a ellos ver cómo se resuelve el problema de la financiación para comprarlo. Tanto el colegio como el AMPA van a hace todo lo posible. La foto de Daniel lo dice todo. Resulta emocionante verlo. Porque se le ve feliz, bien. Y porque tener la oportunidad de ejercer la marcha algunos ratos puede vernirle estupendamente (como a todos los chicos) tanto en cuestiones motoras como metabólics. Ojalá se pueda quedar el andador en el colegio. 



lunes, 29 de octubre de 2012

Jorge, colega, baloncesto



- ¡Jorgeee! 

- ¿Qué quieres, Daniel?

- Ba-lon-(c) es-to

Ayer me contaba Jorge esta conversación, puntualizando muy certeramente cómo Daniel se dirigía a él llamándole por su nombre para pedirle que le pusiera baloncesto en la tele. Jorge, me decía mi hermano: no papi, ni papá, Jorge-

- De colegas, le decía yo. 

Eso, de chico a chico. Caramba. Crecemos. Tema. Este. Para otro día.



Daniel y Jorge viendo fútbol


Cambiando un poco, digo,  con esto de las palabras y sobre cómo Daniel va diciendo cada vez más. Fijaos bien que no digo "va incorporando a su vocabulario". Porque el vocabulario de Daniel se ha ido configurando hace mucho tiempo. El vocabulario va por dentro. En su pensamiento y reflexión. Y existe. Y su gramática. Otra cosa es que no pueda expresarse oralmente con agilidad,  que tenga que recurrir a  otras fórmulas, como las gestuales; como cuando le pones un vídeo en el ordenador, o un cuento, o algo de música y no le gusta: se echa para atrás, aparta la cara... Bueno, todos lo hacemos, a veces.  Pero él piensa: no me mola nada, tía. Y lo piensa así. Fijo.


Y es que es muy difícil decir Jorge, por ejemplo. Hace ya un porrón de años  - cuando normalmente nunca decía ni pamplona, porque no podía hacerlo físicamente-, cuando era todavía muy pequeño, la logopeda de Atención Temprana, al oírle emitir un sonido muy próximo a la "g", una guturalización muy clara, nos dijo que este sonido era muy complicado para la gente que tenía problemas de afasía, para los chicos con parálisis cerebral afectados de afasia.

Luego, al poco tiempo, una tarde (creo que ya lo he contado), de pronto Daniel - oyéndonos a Inma y a mi hablar de Jorge (son episodios que una no olvida nunca)- soltó clarito y alto: Jorge, de corrido, sin duda, con todos los sonidos. Y flipamos. 

Pero tardó mucho tiempo en volver a decirlo. Es muy difícil decir Jorge. Aunque ahora para él pronunciar el nombre de su padre no tiene secreto. Y estoy casi segura que su esfuerzo y su interés han tenido mucho que ver con la total compenetración que tiene con su padre.

Tambien es muy difícil decir ba-lon-(c) es-to. Pero le gusta mucho este deporte y lo nombra ya con bastante soltura (sin la c normalmente, eso sí, sobre todo si lo dice espontáneamente.

Es muy difícil decir he-li-co (p)-te-ro, os lo aseguro. Pero no hace mucho, Elena le preguntó en una de las clases caseras de las tardes qué cosa era esta que vuela y hace pop-pop-pop--- y Daniel le contestó con toda naturalidad:

- He-li-co (p)-te-ro (y es que le molan estos cacharros). 

Es muy dificil decir  Yo-ko-ich  (traducción danielina de Djokovic). Mucho más que decir Na-al. Pero ambos son sus dos ídolos tenísticos. Anda perfeccionando mucho su pronunciación del "Deuce" (Iiius),  el término tenístico que indica un empate a 40. Y el otro día casi doy un bote, porque le oí un imperfecto "treinta a quince", mientras veíamos un partido del reciente torneo de Valencia.

Me entusiasman muchas cosas que son fruto de su crecimiento. Pero escucharle ir soltando tantas palabrejas... me "suliveya" una barbaridad.

A veces, él empieza a contarnos algo por propia iniciativa. Eso es fantástico. Lo malo es cuando no conseguimos entenderle. Porque entonces lo nota enseguida y se calla. Y me da mucha rabia. Pero no importa, siempre le decimos que el problema lo tenemos nosotros. Ya lo he dicho otras veces. Aprenderemos con él. Como venimos haciendo. Enseñándonos mutuamente.








domingo, 19 de agosto de 2012

Daniel y el mar






Como hace tanto calor estos días en España, vienen bien imágenes como estas, que quizás algunos o muchos ya habréis visto en el muro facebookiano de Inma. Padre e hijo disfrutando de las olas. Daniel se lo pasa bomba en el agua, en cualquier modalidad: ducha, bañera, pisicina, mar... Pero evidentemente cuanta más agua, mejor; cuánta más movilidad, mejor que mejor. Su padre (que ya es casi el único que puede con él ahí dentro) siempre dice lo mismo: se lo pasa más que bien, dentro del mar se puede mover como quiere.

La lástima es que Daniel no puede permanecer durante largo tiempo dentro del agua, porque el termostato del frío se le descontrola un poco, digamos.

- Jorge: Daniel, ¿tienes ya frío?
- Daniel: Síii
- J. ¿Salimos del agua, pues?
- D: 

Quédemosnos con un par de impresiones más: 


una, Daniel sería capaz de volverse del color de la berenjena antes de abandonar el agua (menos mal, en este caso, que no está en su mano hacer lo que le da la gana...) - aquí abajo le veis, guapísimo (je, je), recuperando poco a poco el calorcito




dos, Daniel está muuuy alto




Y,  como no puedo evitarlo, una coletilla menos lúdica:

Todo esto que muestran las fotos también forma parte de eso que se llama entorno familiar, cuidados a cargo del entorno familiar, o algo así. Y lo digo para empezar a calentar motores de cara al próximo post, la segunda parte de "Dependencia".