Una vez más toca recordar (nos despistamos tan fácilmente) que el lenguaje no es nunca inocente ni gratuito. Por eso no da lo mismo. Por eso si a menudo reclamamos cambios en el uso del lenguaje, en concreto en el caso de la forma de nombrar y denominar a las personas con discapacidad y los elementos de su entorno, no es por mero eufemismo ni por "hipócrita moral de lo políticamente correcto"). No es por eso. Sino porque no es lo mismo.
Me explico.
Voy recopilando a lo largo de la semana diversos suplementos culturales de distintos periódicos. Y los voy leyendo a ratos, entremedio de otras lecturas y tareas. Alguna vez en
Luisamiñana.blog creo que he dicho que de entre esos suplementos el que más me gusta es
Cultura/s, del periódico La Vanguardia. Sale los miércoles. Pero como leo a ratos, hasta el viernes por la tarde no leí la reseña de donde he extraído el entrecomillado anterior. Es una reseña firmada por J.A. Masoliver Ródenas sobre la novela "Agosto, octubre" de Andrés Barba. Nombro dónde y quién porque son referencias inexcusables, aunque no se trata de personalizar en nadie, sino de reflexionar.
Retomo el texto de Masoliver sobre la novela reseñada:
"En cierto modo, regresamos a los conflictos de Versiones de Teresa, protagonizada también por una niña ´subnormal´ (así aparece, sin ninguno de los eufemismos a los que nos obliga la hipócrita moral de lo políticamente correcto), en una acumulación de experiencias que nacen de la incomodidad ante el mundo (el de los padres, el de los amigos) y del rechazo del grupo en busca de la autenticidad personal" .
Más adelante leo que en la novela este rechazo se producirá a raíz de la impresión que causa en el protagonista de la novela reseñada la asistencia a una violación en grupo de la niña "subnormal".
Y a pesar de los términos del párrafo, después de su lectura había decidido no comentar nada. A menudo ya me canso de repetir y repetir lo del principio: el lenguaje no es inocente; ni gratuito.
Sin embargo, el viernes por la noche -derrotada esta vez no por el cansancio sino por el engorroso catarro inevitable de las fiestas del Pilar- hago zapping y encuentro un "biopic" televisivo sobre Temple Grandin.
Temple Grandin -por si alguien no lo sabe- es una mujer autista, profesora universitaria de ciencia animal en Colorado (USA) y autora de revolucionarios diseños para la construcción de mataderos y explotaciones ganaderas, además de varios libros, incluída una autobiografía que en 1986 fue un auténtico terremoto entre los propios neurólogos y familiares de personas autistas. Temple Grandin es una mujer capaz de reflexionar sobre su propia condición de autista y de utilizar las capacidades "diferentes" que dicha condición proporciona a su cerebro, desconocidas para quienes tenemos un cerebro digamos "reglamentariamente normal", y aplicarlas en su trabajo, en su vida...
El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española dice (a mi parecer vergonzantemente a estas alturas de mundo) del adjetivo "subnormal": "Dicho de una persona: Que tiene una capacidad intelectual notablemente inferior a lo normal" (versión on line) o "Dícese de la persona afecta de una deficiencia mental de carácter patológico" (versión impresa 21 edición).
Entonces (aun dentro de definición tan anacrónica),
¿es lo mismo decir que Temple Grandin es autista que "subnormal"?
Evidentemente, no. Pero lo cierto es que hace unos cuantos años, no muchos, sí que hubiera dado lo mismo. Por eso el lenguaje no es inocente ni gratuito. El lenguaje es mensaje, significado. Y hoy ya no quiere decir lo mismo "ser subnormal" (término utilizado en una época en que las causas de las discapacidades que nos pueden afectar en nuestro desarrollo personal eran desconocidas y las personas afectadas, por tanto, temidas, ignoradas y ocultadas) que ser autista, ser paralítico cerebral, tener síndrome down, síndrome de aspergen, etc.
En cuanto al tema literario utilizado por el autor de la novela reseñada, el de la violación de la niña "subnormal" , entiendo que como tal cada autor tiene derecho a recurrir a los topos y tópicos literarios que crea convenientes. Y este tema lo es largamente en la tradición de la novelística de todos los tiempos, entre otras cosas sin duda por su contundencia. Aunque, desde mi punto de vista, tal uso denota igualmente planteamientos más en deuda con el pasado que con lo que debería de ser un tratamiento actual respecto a la situación de desventaja evidente en que todavía (y por mucho) la sociedad y todos nosotros como individuos colocamos a las personas con discapacidades, o por contrapartida lo que ellas pueden aportar en su interacción con los distintos ámbitos de la sociedad. Un hecho tan brutal como el que alude la novela (y hablo atendiendo a los términos de la reseña, no he leído la obra y no la juzgo en sí por tanto) debería llevar en la actualidad a consecuencias mucho más amplias que la de la catarsis de un adolescente en busca de su identidad, por muy determinante que ésto sea para él.
Respecto a que en el DRAE se mantenga una entrada tan ofensiva como absolutamente anacrónica en una época en que la ciencia muestra y demuestra que no se es inteligente de una única y exclusiva manera, y que hasta personas con un coeficiente intelectual poco remarcable para la estadística al uso pueden sorprendernos con habilidades complicadas, creo que habría sencillamente que plantearse exigir su eliminación. Se hizo con entradas mucho más poéticas y menos obsoletas como "sabara" o "erranza".
Por último, no se trata de idealizar nada ni a nadie, ni de ocultar las alteraciones físicas que muchas veces conllevan las discapacidades, los problemas cognitivos, ni de soslayar el mayor esfuerzo que las personas discapacitadas deben realizar para alcanzar similares objetivos personales y profesionales que el resto de la gente -tanto por sus propias condiciones, como por las continuadas trabas y trampas sociales-. Se trata, por el contrario, de que reconociendo la existencia de todo ello seamos capaces de superar conceptos y lenguajes viejos y que poco ayudan a la pluralidad de nuestra sociedad. Porque si no hablamos y escribimos diferente a lo que fuimos tampoco viviremos diferente.
Añado el texto del mail que me envía Paula Maciel, tan perspicaz e inteligente siempre. Paula tiene parálisis cerebral y es profesora universitaria en Buenos Aires, y dice:
Nosotros hacemos al revés: usamos la palabra "normal" irónicamente, para designar a aquellas personas que, sin haber pensado nunca en eso, se consideran a sí mismos parámetros de normalidad o a aquellos renegados de la diversidad que insisten en convencer al mundo que son normales o que lo que más desean es ser tratados como tales.
Yo, que tengo oídos, nariz y dedos de ciega, veo con cierta extrañeza y pena a aquellas personas que son incapaces de orientarse en su propia casa si llega a cortarse la luz.
Un abrazo, como siempre.
Paula