miércoles, 18 de enero de 2017

El gesto elemental de vestirse

Cuando Daniel era pequeño tuvo un abrigo de color verde, a cuadros. Era muy alegre  y bastante práctico, pero aun así hubo que hacerle alguna adaptación para que resultara más fácil ponerlo y quitarlo, sin necesidad de sacar a Daniel de su carro adaptado. Entonces todavía ni siquiera era aún precisa la silla de ruedas, como tal, Daniel tenía más bien un supercarro de niño con sus adaptaciones pertinentes. En el carro era menos complicado que luego en la silla de ruedas movilizarle lo necesario para ponerle o quitarle ropa de abrigo. Y aun así, fue un hallazgo aquella adaptación del abrigo verde que hizo la tía abuela Casimira, consistente en abrirle una cremallera por la espalda. Así el abrigo quedaba en dos partes simétricas que con cierta facilidad se manipulaban en caso necesario. Es la adaptación clásica de un abrigo para personas con movilidad reducida. Pero no ha sido nada habitual encontrar ropa hecha ya con estas adaptaciones, u otras como las aberturas laterales y  para pantalones que faciliten la colocación o retirada de dafos (férulas) y empapadores, o los pantalones con altura diferente en la cintura por la parte delantera y trasera (para la posición de sentado en silla de ruedas), o también los pantalones forrados en invierno, para evitar que las piernas inmóviles se queden excesivamente frías, las mangas más anchas para poder manipular un brazo con espasticidad, o las manoplas en vez de guantes, etc, etc.


La casi no existencia de esta ropa adaptada desde su fabricación indica bien a las claras el profundo desconocimiento de la sociedad del día a día de una persona con discapcidad. Vestirse es un gesto tan elemental, que no pensar en qué necesitarán para hacerlo aquellas personas que tienen ciertas dificultades de movilidad denota nuestra ignorancia supina, nuestra despreocupación. Y también nuestra pusilanimidad, porque ser consciente del problema e intentar desarrollar soluciones adecuadas, lejos de ser algo extraño y minoritario, un tema medio tabú que  atañe a gente con “taras” físicas, puede ser realmente un negocio perfectamente sistematizado. Van apareciendo ya algunas iniciativas, cada vez más, es cierto, ligadas a un cierto cambio de mentalidad. Algunas marcas que trabajan diversos elementos de ayuda a la discapacidad han incorporado a sus productos la ropa. Y otros están naciendo directamente para solventar esta necesidad. Curiosamente, en estos casos, casi siempre vienen impulsados por mujeres. Una de las últimas que hemos conocido  en lo que ya va siendo un incipiente mercado es Don´t stop me, que entre sus intenciones en cuanto a ropa adaptada se refiere plantean la de que esta sea estéticamente lo más similar posible a cualquier otra (igual de bonita, igual de cómoda, etc) y con precios también similares (porque, también en este terreno, como en otros tantos, el tema de la carestía ha sido algo bastante habitual).