jueves, 8 de mayo de 2008

Víctor y Daniel: un mundo en construcción



Ayer un post en el blog de LaMima me llevó, como siempre, a seguir pensando en bastantes cosas de las que atañen a las condiciones de vida en el ámbito de la discapacidad.

Hablaba ella de una caída sufrida por Ainhoa y de la reacción de su hermano, también Daniel, que buscó de alguna manera pensar que todos estos problemas que se le presentan a Ainhoa por su acondroplasia se pasarán en un plazo determinado. Para un niño es difícil entender que la vida habrá de discurrir en condiciones de continua superación. Eso se aprenderá luego. Por eso para los hermanos, primos, amigos de los chavales con discapacidad no siempre es fácil relacionarse con ellos y el entorno que les acoge. A veces, como es lógico, no entienden bien los términos de la cuestión y no aciertan a encontrar las formas de relación. Otras les puede la responsabilidad, la preocupación. Encontrar el equilibrio es, claro, siempre lo más complicado.

Recordaba, al leer el post de LaMima, algunas reacciones de Víctor, el único primo que tiene Daniel. Me contaba un día Inma que el pequeño Víctor, de casi cuatro años, le preguntó a su abuela (y de Daniel) que cuando iba a crecer éste, que ya tiene casi nueve. No se refería Víctor a la estatura de Daniel (dentro del percentil por lo alto), ni siquiera a que no pueda andar. Lo que quiere Víctor es que Daniel hable con él y poder compartir juegos. Como no lo podían hacer a la manera de Víctor, este entendía que Daniel era todavía un pequeño que no podía hacer las cosas. Le explicaron lo que sucedía. Y lo curioso es que ambos están aprendiendo a buscarse la vida para relacionarse. Daniel ha aceptado ya plenamente la presencia de Víctor. Y éste le cuenta cosas, le enseña juguetes, hablan por teléfono, se tocan. Están conociéndose, construyendo un espacio para ambos.

Me contaba también Inma una escena reciente, absolutamente enternecedora. Habían ido a la parada del autobús de Daniel. Víctor se agarró a la mesa que lleva la silla de Daniel para hacer el camino hacia casa. Y Daniel alzó su brazo y lo puso encima de la mano de Víctor. Así fueron hasta el ascensor.

Esta escena además de denotar ternura tiene su importancia en el proceso de Víctor respecto al reconocimiento de las condiciones de vida de Daniel. Siempre le ha llamado mucho la atención la silla de ruedas. Y ha entendido ya que es un elemento de la vida de Daniel. Hace un tiempo le dijo a Jorge que tenía que enseñarle a manejar la silla, porque él iba a necesitar saber hacer eso. Y recientemente se preocupó mucho al ver que se le había caído una tuerca y no se la ponían. Cuando Jorge le explicó que la silla ya había que cambiarla porque Daniel había crecido, apostilló que claro era lógico: si Daniel crecía la silla también tenía que crecer. En esta actitud de Víctor creo que hay ya indicios de esa sensación de sobre-responsabilidad que tienden a desarrollar los niños próximos a otros con discapacidad. Es quizás inevitable. Pero acaso la labor de los adultos a este respecto sea suavizarla un poco, porque creo que es mejor que entre ellos desarrollen camaradería, una relación de igual a igual en la medida de lo posible. Y que la responsabilidad del niño no discapacitado hacia el que sí lo es no sea mucho más pesado que el que debería existir entre dos críos que se quieren, sin más.

Víctor es el niño “sin problemas” más cercano a Daniel. Y siempre he pensado que había que ayudarle a entender que las cosas que hace él y las que hace Daniel tampoco son tan diferentes. Un día, saqué a Daniel de su silla. Recuerdo que Víctor lo miraba con cierto asombro al verlo tal alto. Entonces le dije que si ayudábamos a Daniel, los tres podíamos jugar al escóndite por la casa. Y así lo hicimos. Se lo pasaron bomba los dos.

No sé si me explico.

5 comentarios:

laura dijo...

El post es realmente precioso.
Seguro que ambos dos construiran poco a poco una relación muy especial.

ybris dijo...

Vaya si te explicas.
Lo curioso es que el explicarle a un niño las peculiaridades de su primo o hermana diferentes no es muy distinto a explicarle la realidad de un mundo en que no todo es como nos gustaría.
Mi nieta me dice a veces: "abuelo, no quiero que te mueras nunca" Y yo le digo que si no nos muriéramos no habría sitio para todos.
Los niños van pocos a poco asimilando cosas que de momento les desbordan.
Afortunadamente no tienen los prejuicios de los mayores.

Besos.

Asier dijo...

Hola,

Estamos viviendo un caso parecido, quizás más severo. Mi hijo tiene ahora casi 9 meses.

¿Habeis trabajado con el método Doman? ¿Lo recomendais? Hemos comenzado a hacerlo aunque nos dicen que no perdamos el tiempo.

A vuestro modo de ver, ¿que terapias son las más efectivas?

Podeis visitar nuestro caso en: http://anderperez.blogspot.com/

Gracias.

laMima dijo...

Dices bien: "Para un niño es difícil entender que la vida habrá de discurrir en condiciones de continua superación"..pero no imposible. Necesitan su tiempo y encontrar su forma particular de hacerlo.
Nuestro trabajo habrá de ser apoyarles en ese camino, darles las explicaciones que precisen y dejar que fluyan sus sentimientos.
Se me pone la piel de gallina pensando en la mano de Daniel sobre la de Victor en esa silla...que hermoso.
Que buen comienzo para todo.

Luisa Miñana dijo...

Gracias Laura. Yo también estoy segura de que ambos tendrán muy pronto un mundo común muy rico.

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Ybris, Mima coincidis y yo coincido con vosotros en pensar que los niños, mucho más arriesgados que nosotros, van entendiendo a su ritmo las cosas. Que debemos ayudarles a hacerlo. Y a creen sus propias relaciones con su entorno y la gente que hay en él.

MIma, yo también me emociono con esa imagen de los dos pedugos.

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Asier, he dejado un recado también en tu blog. Con lo que preguntas aquí y con lo que he leído allí, por favor, escríbeme mejor un correo y hablamos. En tu blog he dejado mi dirección hotmail. O al buzón de este blog. Lo que quieras.
Una cosa: hay que luchar.
Un abrazo enorme.