Muchas noches, después de cenar, nos sentamos un rato a ver en La 2 de TVE algunos documentales sobre diferentes formas de entender la arquitectura: arquitectura sostenible y eco-construcciones, ubicaciones insólitas, auto-construcciones, espacios pequeños y autogestionados ... En el episodio del pasado jueves de la serie "Espacios increíbles", del arquitecto y divulgador George Clarke, mostraron, entre otras, la construcción llevada a cabo por Sam, una persona con diversidad funcional, que buscaba autonomía personal. Está muy bien explicado cuáles son los inconvenientes que normalmente presentan las edificaciones estándar, cómo Sam se ha planteado solventarlas y es realmente estupendo el resultado final de su aventura constructiva: una especie de carromato autosuficiente en cuanto a energía y abastecimiento de agua, totalmente accesible tanto desde el exterior como en su configuración interior, y que Sam puede manejar prácticamente solo. Especialmente llamativo es el hecho de que la grúa construida por un amigo, y que le permite disponer de su apoyo para cambiarse desde su silla de ruedas a un sillón o a la cama, se puede manejar desde cualquier lugar del interior de la carreta, y que, como Sam cuenta, la han llevado a cabo por 150€, frente a los más de 3.000 que hubiera costado si la hubiera comprado.
sábado, 17 de octubre de 2020
Autonomía personal
sábado, 19 de septiembre de 2020
Pandemia y discapacidad
El pasado día 12 de septiembre publiqué un artículo en Heraldo en Aragón en el que intentaba poner de manifiesto algunas de las particularidades de los efectos de la actual pandemia dentro del ámbito de la vida en discapacidad. Sé que cada colectivo del conjunto de la sociedad, cada familia, cada persona sufre esta larga situación de forma semejante a otros, pero también de manera diferente en cada caso, cada cual con sus pequeñas o grandes particularidades. De algunas de estas particularidades somos más conscientes, de otras mucho menos. Creo que uno de los ámbitos menos conocidos (siempre y ahora) es el de la discapacidad, a pesar de que, como hemos dicho tantas veces, no sólo las cifras de ciudadanos que viven con alguna diversidad funcional son los suficientemente importantes como para que no fuera así, sino que cada uno de nosotros tiene muchas posibilidades de pasar a ser parte de ese colectivo en cualquier momento de nuestra vida, por múltiples causas.
Un pequeño ejemplo de estas particularidades en la actual coyuntura pandémica lo ponía, a comienzos del curso escolar, una profesora de educación especial, al advertir que, ya en su primer día de clase con sus alumnos diversamente funcionales, se había tenido que quitar la mascarilla: algunos de sus alumnos no la reconocían, no podía entablar buena comunicación con ellos con la mascarilla puesta. En cinco minutos todas las medidas de seguridad se volvían imposibles, incompatibles con lo cotidiano, pero no de una manera banal (por hacer una fiesta, por no cuidar aforos, o por cualquiera de las incoherencias que tantas veces estamos observando): por pura necesidad vital.
Hablábamos ayer con el padre de Daniel (es decir, mi hermano) sobre cómo a algunas personas de nuestro entorno les cuesta mucho imaginar las graves consecuencias vitales que pudiera tener que alguno de los miembros de su núcleo familiar enfermase. Y si le pasara a Daniel, ya no sólo es que las consecuencias pudieran ser muy graves para su salud, es que se iniciaría una cadena de riesgos familiares complicada de eludir y parar: si a un chaval con discapacidad hubiera que ingresarlo, algún familiar debería quedarse en aislamiento con él necesariamente, porque nadie del hospital podría hacerse cargo de su atención y porque posiblemente la persona discapacitada enferma necesitaría a su lado de alguien conocido, y lo necesitaría de manera constante. Ello conlleva el riesgo de infección para el familiar, y si su proceso fuera grave, estaríamos en una situación terrible. Y esto es el ejemplo extremo de la panoplia de situaciones diarias que se están dando en la vida diaria de los entornos de la discapacidad.
Tengo la impresión de que cuanto más tiempo pasemos dentro de la pandemia más va a decrecer la empatía colectiva. Por eso debemos reforzar todo lo que podamos la protección de los más frágiles.
Copio a continuación el texto del artículo que publiqué en Heraldo, por si alguien no pudo leerlo y le interesa:
jueves, 25 de junio de 2020
Cal y Arena
jueves, 14 de mayo de 2020
Queda mucho
domingo, 12 de abril de 2020
Los abrazos
sábado, 28 de diciembre de 2019
Cine con barreras
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miércoles, 18 de diciembre de 2019
Gracias, CPEE Ángel Riviere
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| Daniel enciende el pebetero olímpico |









