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martes, 27 de junio de 2017

Azules

Daniel, Inma, super Carlos y el gran Johny, que es asistente con otros chicos


Fernando, David, Carla, Henar, Thiaba, y ahora Carlos son los asistentes familiares que han ayudado en el día a día de Daniel, a través del programa de Apoyo Familiar de Plena Inclusión.  El papel que desempeñan no es exactamente, en este caso, el de un asistente personal. Daniel va todavía al colegio,  y lo hará hasta los 21 años. De esta manera, una buena parte del día a día transcurre para él en el centro escolar. Ahora en verano, en el centro que acoge los campamentos de verano. En uno y otro caso, los profesionales que los atienden no sólo realizan un montón de actividades formativas y/o de ocio para los chicos y chicas, sino que también atienden a sus necesidades de aseo, alimentación, y salud durante las horas del día que ocupan, entre las 9 ó 10 de la mañana y las 4 ó 5 de la tarde. Pero, para las horas de la mañana previas a su jornada escolar o de campamentos, hace ya tiempo que hubo que apelar a la colaboración de los asistentes familiares, en nuestro caso para ayudar a Inma, que es quien (como suele ser habitual en nuestra sociedad) dentro de la unidad familiar ha tenido más problemas para conciliar las complicadas circunstancias de la vida de una familia en discapacidad y la vida laboral. Aunque, afortunadamente, poco a poco, ha conseguido con tesón algunos trabajos, sigue siendo ella la que normalmente puede estar con Daniel en esas horas. Pero, Daniel ha crecido, pesa ya bastante, y además, dada su tetraplejia, sumado todo a su carácter impositivo y muy dinámico, hace que sea muy complicado para ella atenderle a solas. Cuento todo esto (más bien repito lo que otras veces ya he contado) con tanta minuciosidad, porque me parece muy importante que se entienda bien la labor fundamental que desempeñan los asistentes en el entorno de las personas con diversidad funcional, y también la necesidad de otorgarles un estatus laboral digno y acorde con su dedicación, que es necesaria tanto desde el punto de  vista de los aspectos prácticos, como de apoyo personal, pues al fin y al cabo se termina estableciendo una relación personal muy enriquecedora para todos.

            Daniel no puede tener una vida independiente, porque necesita de ayuda para casi cualquier actividad. Por eso, la asistencia que requiere se circunscribe en buena medida a las tareas de cuidado personal, también de acompañamiento en casa (incluyendo las actividades que a él le gusta realizar en las horas y días de asueto) o fuera de casa. Muchas personas con diversidad funcional precisan apoyos más diversificados para,  de modo real y efectivo, poder hacer su vida de manera autónoma e independiente a sus entornos familiares: además de la asistencia en el cuidado personal y del hogar, cosas tan esenciales como desplazarse hasta los lugares de formación o trabajo (ayudar a tomar apuntes, en las consultas en bibliotecas, etc), acudir al médico, etc., etc. En definitiva, todo un sinfín de pequeñas cuestiones que las personas no diversas realizamos prácticamente sin pensar, pero que para una persona con diversidad funcional pueden suponer barreras insalvables sin la ayuda de estos asistentes personales.

            Aunque en otros países lleva décadas estructurada y organizada la labor de los asistentes personales, el reconocimiento de su existencia y necesidad aparece normativamente en España a raíz de la Ley de Dependencia (2006). Y poco más, tras esta aparición en un apartado de la ley,  hemos avanzado desde entonces. El sistema de Dependencia no ofrece una cobertura real para que dentro de su estructura y funciones se desarrolle un entramado laboral adecuado a la asistencia personal. Se sigue primando (en teoría, porque tampoco hay demasiada financiación para ello) los centros específicos. Sin embargo, no hay centro que pueda ofrecer (ni siquiera en un caso de vida con tanta limitación previa como puede ser la de Daniel) las condiciones de integración y desarrollo que procura una vida en el entorno natural de la persona en cuestión (lo cual no excluye la asistencia a centros o entidades propias durante horas al día, como hacemos cualquiera en nuestra vida laboral, por ejemplo). No hay centro, por muy estupendo que sea o fuera, donde la relación personal entre el “usuario” y sus cuidadores alcance el nivel de complicidad que ha ido teniendo Daniel con sus asistentes en casa,  y  todos y cada uno de ellos con Daniel y con todos nosotros, especialmente ahora con Carlos, que ha sido asistente de Daniel todo este último curso (y le esperamos el que viene) en lo práctico, pero también emocionalmente.


A él y a todos los que ya han formado parte de nuestras vidas a mí me gusta llamarles “los Azules”, para no olvidarme nunca de lo importantes que son para Daniel. Cuando llegó Thiaba (la última asistente antes de Carlos), le advertimos a Daniel del color negro de su piel, simplemente para que no le resultara imprevisto (es recomendable que le anticipemos la situaciones nuevas que va a encontrar). Cuando le preguntamos de qué color es Thiaba, Daniel contestó “azul”. No hemos conseguido sacarlo de ahí. Y tiene razón.  Azules, gracias.



lunes, 8 de agosto de 2016

Ley de ¿promoción de la autonomía personal?

A raíz del affaire Echenique de estos días pasados (os supongo a todos más o menos al corriente, pero resumo: Pablo Echenique, secretario de organización de Podemos, debido a su discapacidad tuvo durante un tiempo un asistente personal  por el que no cotizó a la seguridad social) se ha intentado revivir, sobre todo tanto por parte del propio Echenique como de su entorno, el debate sobre la insuficiencia de la Ley de la Dependencia. Respecto al affaire en sí no me apetece comentar nada en este blog. No creo que sea el lugar, porque no creo que la valoración política de los hechos (que es en realidad donde debería estar el foco de argumentos a favor o en contra de la actuación del señor Echenique) deba dirimirse en el ámbito de las condiciones de la Dependencia ni de las personas que se hallan dentro de ese ámbito; entiendo que pertenece más estrictamente a la categoría de la ética que debe preservar la clase política en cuanto tal,  y dentro de la que ahora el sistema ha situado a Echenique, le guste a él o no, que ese es otro tema, nos guste a los demás o no, que también es otro asunto diferente.

Quería simplemente contar qué ha sucedido hasta ahora en nuestro caso (permitid que me incluya, aunque nada más sea por ser tía cuidadora), cuando hemos necesitado ayuda externa para la atención de Daniel.

Pero antes, sí que debo dejar muy claro que la Ley de la Dependencia no está bien diseñada, no está correctamente orientada y su articulado se aleja bastante, ya en su mismo desarrollo, del análisis que se hace sobre la situación de las personas dependientes en España y propósitos expuestos en el propio preámbulo. Lo cual ya tiene bemoles. Es una ley con muchas fisuras, carencias e incluso, desde mi punto de vista, contradicciones. Es una ley que parece estar pensada sobre todo para las situaciones de dependencia derivadas de la vejez (ya lo he dicho en otras ocasiones), y que al final, en la práctica, no sirve ni siquiera para ello debido a los recortes, los retrasos en las valoraciones, etc.  Estamos ante una ley que tendría que servir para generar un marco “social” (no meramente administrativo) de actuaciones, cuando un ciudadano cae, temporal o permanentemente, en condiciones de dependencia (al modo en el que el sistema sanitario se configura para atender al ciudadano en situación de enfermedad, sin que quiera esto decir que puedan equipararse, porque no lo son en absoluto, los conceptos de dependencia y enfermedad), pero que termina siendo una ley burocrática que se limita a conceder o no unas ayudas económicas para que los ciudadanos a los que alude puedan ir tirando un poco mejor en su día a día.

El texto de la ley habla en algunos momentos del asistente personal. Sin embargo, en la práctica, el sistema de la dependencia no dispone de asistente personales. El asistente personal se entiende como aquel que ayuda a la persona con diversidad funcional en la realización de las tareas cotidianas, tanto personales como aquellas que precise para el desarrollo de su actividad. Si en el sistema de salud hay médicos, enfermeros, etc., en el sistema de la dependencia debería haber asistentes personales, porque su labor para la vida diaria es fundamental. Evidentemente no los hay y no los va a haber en un futuro temprano.

Para la familia en cuyo seno se produce el nacimiento de un niño con discapacidad, y una vez pasado el golpe inicial, la asimilación de la situación, etc., el día a día es complicado. Normalmente, en estos comienzos, las familias pueden manejarse en sus tareas cotidianas por sí solas (más o menos, claro). El niño es pequeño; se le puede llevar al principio en una silla de bebé, con alguna adaptación; no pesa mucho, es manejable para el aseo, etc. Hay, no obstante, situaciones más complicadas, claro, como que el pequeño requiera alimentación por sonda, o por válvula gástrica, en fin, que el cansancio, las preocupaciones y todo lo que conlleva la crianza de un pequeño en estas condiciones siempre existen, y según su gravedad la familia puede necesitar también de un apoyo externo desde el primer momento. El sistema de la dependencia no contempla, claro está, dichos apoyos. El sistema entiende que cumple con el programa de Atención Temprana –que, por cierto, como tal programa es de muy reciente implantación-. Del día a día familiar debe ocuparse la familia por sí sola. Y el día a día, aun en los casos menos graves, se va complicando conforme el niño crece. Son casi siempre las mujeres las que terminan haciéndose cargo de la situación la mayor parte del tiempo, bien voluntariamente, bien porque los horarios laborales no son demasiado compatibles con la vida familiar, bien porque el esfuerzo en el ámbito particular es tan grande que se hace complicado desdoblarse en profesional,  madre, esposa, enfermera, asistente personal …

Más o menos así sucedió en nuestro caso, aunque es verdad que el padre de Daniel siempre ha compartido una parte decisiva de las responsabilidades hacia él. Pero en lo esencial, sirve lo descrito como denominador común de lo que suele acaecer.

Conforme Daniel ha crecido, ha habido que buscar apoyo. En su caso, Inma, la madre de Daniel, lo ha requerido  especialmente para las tareas de levantar y arreglarle para ir al colegio (pues para esa hora, su padre ya ha tenido que irse al trabajo), y lo mismo para cuando vuelve. Porque ya es muy difícil para una persona sola llevar a cabo todas las acciones que conllevan esos momentos.

Este apoyo lo reciben a través del servicio de canguro familiar de “Plena Inclusión”. Cada familia suscrita a dicho servicio tiene derecho a un número anual de horas, por las que realizan un copago, siendo “Plena Inclusión” quien se encarga de adscribir el monitor o monitora que les atenderá. Para Inma esta posibilidad ha sido un alivio fundamental, liberándola de una gran presión personal que le generaba las dificultades con las que ya se iba encontrando para manejar a Daniel, y a éste le ha ayudado a saber que hay más gente que papá y mamá (y a ratos la tía Luisa) que pueden estar con él en esas circunstancias tan personales.

Así pues, son las organizaciones sociales las que, ya antes de la ley de la Dependencia, han tenido que articular formas de subvenir a las particulares condiciones de vida en discapacidad. He citado a “Plena Inclusión” por personalizar con nuestro ejemplo concreto, y porque al final es una federación de asociaciones. Pero puediera ser otra. El asunto es que el sistema de dependencia no existirá como tal realmente hasta que, para empezar, se establezca una forma de articulación de todos los servicios que se necesitan, partiendo de los que ya ofrecen las asociaciones y fundaciones, u ongs, y ampliándolos a las demandas que las personas con discapacidad, que son ciudadanos en todos los niveles de nuestra sociedad, necesitan para que puedan ser realmente ciudadanos y además con la mayor autonomía posible.

Un último ejemplo. Según viene diseñado (o más bien no diseñado) el sistema de la dependencia no contempla que el ciudadano mayor de edad con discapacidad pueda vivir independiente en su propia casa, ayudado por una asistencia. Le corresponde, si quiere ayuda de la administración, irse, le guste o no, a una residencia. Y tened en cuenta que si decide vivir solo no tendrá derecho a la ayuda económica por asistencia en el entorno familiar, puesto que no vive con familia. Además de un absurdo bucle burocrático, la situación es muy injusta porque condena a la persona con diversidad funcional a no ser todo lo autónoma que pudiera (aun cuando la ley se llama “Ley de Promoción de la Autonomía personal …)

Tenemos que cambiar mucho y muchos conceptos todavía. Mientras no empecemos a ver la diversidad funcional como una condición en la que cualquiera puede entrar en cualquier momento de su vida, no empezaremos a desechar muchas cosas que son hijas bastardas de una mentalidad muy paticorta: aquella que ve al individuo con discapacidad desde la lástima o desde la ignorancia y la indiferencia, aquella que lo excluye, aunque sea proporcionándole cómodos guetos.


No hay dinero, diréis. No hay posibilidad de financiar todo eso, insistiréis. No. No la hay, tal y como están estructurados los presupuestos de las diversas administraciones, ni tal y como se organizan y priorizan los programas de gasto para los que entregamos una parte de nuestro salario al Estado, en forma de impuestos directos e indirectos, tasas, los cuales han de ser revertidos a la sociedad en forma de servicios (bien, no escalemos ahora esta discusión, ya sé que no nos lo devuelve todo ni lo hace en la forma en la que la mayoría querríamos, lo dice el propio CIS). Quiero decir que entendemos que un día podremos tener cáncer y, por lo tanto, admitimos que dejar una parte de nuestro salario para el sistema de Salud es lógico. Pero, nadie se atreve a decirnos que un día podemos tener un ictus del que no nos recuperemos del todo, o que nos puede nacer un hijo con parálisis cerebral, que nos podemos caer tontamente por la escalera y rompernos la crisma pero seguir vivos,  o tener un accidente en el coche ...   y deberíamos exigir que una parte de lo que dejamos al Estado se nos devolviera en servicios que entonces necesitaremos para vivir dignamente, además de los médicos y los hospitales.


lunes, 4 de noviembre de 2013

Pequeño y grande


Hay pequeñas realidades que a veces son complicadas de gestionar. Asuntos estrictamente cotidianos que actúan como indicadores de determinadas transformaciones a las que debemos enfrentarnos e ir asumiendo, lo cual, a pesar de la costumbre (o precisamente por la costumbre, que hay que variar), no siempre resulta sencillo.

Daniel crece, crece. En todos los aspectos. La pre-adolescencia y la adolescencia no es una época fácil para nadie. Ni para el adolescente, ni para los progenitores del adolescente, que asisten a esa metamorfosis con un importante nivel de confusión a cuestas: han de cambiar actitudes, niveles de responsabilidad, campos de actuación, etc., etc. Esta conflictividad es común a todo el mundo (diverso o no diverso funcional, aunque diversos, en uno u otro sentido, todos lo seamos - dejadme que lo repita ahora también, pues no conviene perder de vista esta perspectiva).

Hace unos días, Inma se dolía porque ya le resulta muy muy complicado manejar sola a Daniel en el momento de levantarlo de la cama por las mañanas, o por la tarde, cuando vuelve del colegio, a la hora de asearle un poco y ponerle cómodo. No se trata del hecho simple de cargar con Daniel (con o sin ayuda de la grúa). Se trata de poder dispensarle los cuidados y condiciones básicas para su bienestar diario.  Y a Inma le preocupa no poderlo hacer ya sola. Y yo entiendo esa preocupación. Porque la garantía esencial de que Daniel siga estando bien atendido y cuidado, al menos en lo más inmediato de la vida,  es que sus más cercanos familiares se ocupen de ello. La ansiedad que siente Inma (en sentido no figurado, sino absolutamente psico-físico - taquicardías incluídas) no es sólo por esta imposibilidad ya presente, lo sé. Es una forma de desazón ante el futuro. Lo mismo que sus fuertes dolores de espalda. Es verdad, la espalda nos va doliendo a todos (y los brazos, y la cadera de Jorge -con tendinitis crónica-, en fin, ya son años de peleílla continua y se van notando). Pero en este momento, toda esta sintomatología de Inma tiene unas características muy concretas. Por eso me ha parecido necesario hacerlo patente aquí (con su permiso). Porque la ansiedad de Inma es la de la madre que ya no puede hacerlo todo por su hijo. Aunque no sea verdad, claro. Es la ansiedad de la madre que ha de buscar ayuda para atender a su hijo y teme que alguna vez esa ayuda no esté. No es algo racional. La ansiedad y el temor no lo son. Es la incertidumbre. Ese desasosiego que había desaparecido después del diagnóstico y las primeras búsquedas casi desesperadas, porque la experiencia, algunos conocimientos indagados y aprendidos, el tiempo, los profesionales lo habían relegado y había aparecido un cierto equilibrio.

Bien, ella sabe que hay que recuperar ese equilibrio. Sabe cómo buscar los apoyos y ya lo ha empezado a hacer. Como Jorge tiene un horario laboral que no le permite estar en casa en esos momentos, ambos han decidido contactar con FEAPS y han solicitado el servicio de monitores que la entidad proporciona, a cambio de un precio muy muy razonable. Irá por las mañanas uno de estos monitores, que le adscribirán a Daniel,  y que colaborará para levantarlo de la cama vestirle, trasladarlo a la silla y ayudar hasta la hora de salida en el autobús hacia el colegio. Daniel es ya mayor y manejarse con él se ha hecho complicado, sobre todo para ella, también para mi, la verdad: no somos demasiado altas, la fuerza es la que es... De esta manera se evitará el miedo de todas las mañanas de cualquier incidente con la grúa. Las tardes, entre Inma y yo misma - todas las que puedo-, y la que va la "profa" gran Elena,  las vamos solucionando. Los fines de semana ya están Jorge e Inma.

Lo cierto es que no pensamos los humanos occidentales primermundistas en general mucho en el apoyo que suelen necesitar los cuidadores, los progenitores, los hijos, quienes sean que se ocupen de las personas que no pueden sobrevivir sin esa dedicación tan continuada. Y en todo caso, cuando se hace se dirige más hacia los cuidadores de personas ancianas. Por una razón evidente, porque ese perfil todos tenemos la seguridad de que nos puede concernir en un momento determinado. Casi nadie piensa que le pueda tocar el duro papel de padre con un hijo con problemas, nadie entiende eso de entrada. Esta es una de la razones por la que el casi desaparecido Sistema de Dependencia está orientado muy significativamente a las personas mayores dependientes y a sus entornos.

La conciencia del deber de tejer una red de apoyos suficientes para las personas diversas funcionales, pero también para los cuidadores - en el grado o forma que lo sean- debería ser una conciencia que surgiera de la colectividad. Debería venir casi "de oficio" de algunas instituciones responsables, de las asociaciones, de cada individuo dentro de la colectividad. La falta de empatía con sus miembros más necesitados de apoyos es la primera muestra de enfermedad en una sociedad avanzada. Y esta falta de apoyo no es de ahora. Empezaba a tejerse esa red mínima, es verdad. Pero, salvo coberturas como la citada de FEAPS, no hay mucho más, y encontrarlas siempre acaba siendo fruto de una iniciativa de la familia que busca; nunca se da a la inversa, nunca hay un paraguas de amplia actuación bajo el que las familias pudieran sentirse arropadas, orientadas, seguras en cada paso y fase a afrontar... Porque, de verdad, comprender los problemas, asimilarlos, encararlos, actuar, supone ya un desgaste personal lo suficientemente fuerte como para además tener que estar pensando todo el tiempo en la mejor estrategia, en dónde encontrar lo que se necesita, en comparar posibilidades, etc, etc. Un poco de apoyo para todas estas cosas vendría muy bien, desde el principio, desde el mismo momento del diagnóstico.




viernes, 3 de mayo de 2013

Armas, sí claro

Alguien nada sospechoso de lanzar opiniones incendiarias como es Fernando González Urbaneja decía ayer en el programa de televisión "Al rojo vivo" que este gobierno (el actual de España) perderá las elecciones porque ha optado por abandonar a sus ciudadanos.

Ciertamente, las palabras de González Urbaneja trasladan adecuadamente la corriente emotiva que recorre las conversaciones de la gente, la actitud entre los grupos de trabajo, la inanidad de muchas empresas, etc. Los ciudadanos de este país tenemos la sensación inevitable de que nos han abandonado a nuestra suerte. Más, tenemos la impresión de que en aras de no se sabe muy bien qué perspectivas (digo "no se sabe" por ser suave, porque creo que lo que sucede es más escandaloso que un no saber) van a dejar que poco a poco los distintos sectores sociales - integrados por ciudadanos de carne y hueso, con vidas propias, claro, vidas que transcurren día  a día- se empobrezcan, se paralicen, dejen de ser. Esa es la sensación, y contra ella es complicado pelear.

Reconozco que el anuncio del brutal desfalco medio anunciado (quizás lanzando así, como de soslayo, como a ver qué pasa...) contra el presupuesto de la Ley de Dependencia, que en  resumidas cuentas  -nunca mejor dicho- deja a la Ley sin presupuesto, ha acabado con la ya muy debilitada esperanza que me quedaba de que, de alguna manera, pudiéramos recuperar el sentido común. 

Hay algo en toda esta crisis que carece de lógica, incluso para el poder omnímodo, ejercido por una aristocracia divinizada, al que siempre tiende el capitalismo (quizás cualquier sistema de convivencia humano). Hay en esta crisis algo de suicidio patológico colectivo. No encuentro energía por ninguna parte. Energía para contrarrestar la brutalidad de algunas de las cosas que están sucediendo. Al menos, para ejercer la protesta contra esa brutalidad. En serio, no me parecen ni proporcionadas las quejas que escucho respecto al nivel de la agresión soportada. Hay sobre todo miedo. Lo que huelo todo el tiempo es, sobre todo, miedo. 

Escribo este post en este blog dedicado a Daniel, porque él es para mi el ejemplo claro con el que convivo diariamente de una de las  partes más débiles de nuestra sociedad. Sobre esa debilidad  este sinsentido, bajo el que nos vamos hundiendo, se está cebando. En los países europeos, en los que nos fijábamos hace no mucho como horizonte de llegada, en lo referente a servicios sociales y dignidad ciudadana, (por otro lado, esos países  que ahora nos niegan el pan y la sal porque nos hemos gastado en juergas y ladrillos la pasta que sus bancos nos prestaron sin ton ni son) hace años que los sistemas de atención a la diversidad funcional han extendido una red de servicios, instituciones, cooperación recíproca, etc. Tal red era algo prácticamente inexistente en España hasta hace nada. Ya he insistido otras veces en que si algo vino a significar la Ley de la Dependencia (a pesar de su trastabillado nacimiento, con escaso presupuesto y muchas disfunciones incluidas) fue  la visibilidad que llegó a  los colectivos afectados. Simplemente eso. No había de momento mucho más: pero la existencia de unas ayudas económicas para los servicios precisos en la vida diaria y el reconocimiento de la labor del cuidador familiar como un elemento de cohesión y equilibrio, a través de su inclusión en la Seguridad Social, abrían la puerta a la esperanza, abrían un ruta de trabajo para el futuro, que hoy sentimos truncada, brutalmente truncada porque esa esperanza no ha durado casi nada.

Se le ha dicho a Europa que habrá un ahorro en Dependencia equivalente a lo presupuestado  para 2013 (Europa debe de pensar que las personas en situación de dependencia de un país despilfarrador como España no tienen derecho a nada). Si ahorramos lo equivalente a lo presupuestado, la resta resultante -fácil- da  un valor cero. Las entidades sociales hacen cuentas respecto al porcentaje de copago necesario para verificar el ahorro anunciado, y aseguran que ese copago por parte de los afectados no será del 5% como dice el Gobierno, sino del 50%. No entro en cifras. Podéis encontrar la información -más o menos desarrollada, con una u otroa interpretación, según los medios, claro- en la prensa. Da que pensar mucho sobre el calibre del hachazo que incluso, por ejemplo, el ABC reproduzca la visión muy negativa de las entidades sociales. 

No hay paños calientes. Ya no hay paños calientes. Lo fácil es cargar sobre el débil y es lo que se hace. El recorte en Dependencia duele más cuando uno ve cómo el Ministerio que menos ha rebajado su presupuesto en los últimos años es el de Defensa:

http://www.centredelas.org/index.php?option=com_content&view=article&id=965%3Alas-trampas-del-presupuesto-militar-del-ano-2013&catid=42%3Aeconomia-de-defensa&Itemid=63&lang=es

http://es.scribd.com/doc/110517782/Presupuestos-Defensa-2013

Es un sinsentido, excepto para las empresas e intermediarios del negocio de las armas, a las que el país debe  una buena pasta y la deberá durante un buen puñado de años. Pero esa es la pirámide de valores y prioridades de nuestros gobiernos civilizados: bancos y armas, lo que viene a ser mismamente El Poder  en sí mismo o sus dos fundamentales maneras de ejercerlo y mantenerlo per secula (nada nuevo, pues, ni nada sorprendidos estamos; lo que estamos es perdiendo la mínima compensación que a cambio recibíamos, y nos la están arrebatando con meridiana facilidad).

Algunas comunidades autónomas ya han anunciado que van a realizar inversiones propias para intentar no disminuir los niveles de asistencia. La consecuencia más leve que ello tendrá será, lógicamente, el acrecentamiento de la desigualdad entre diferentes Comunidades Autónomas en cuanto a la aplicación y desarrollo del Sistema de Dependencia, si es que éste logra sobrevivir de alguna manera. A lo mejor habrá que empezar a pensar en un futuro de "movimientos interiores" de las personas dependientes, un estilo de vida nómada, por el que uno vaya desplazándose entre las Comunidades en función de aquellas que tengan más coberturas en la Dependencia. Seguro que a nuestros gobernantes esto no les parece sino una forma diferente de vivir. 


domingo, 19 de agosto de 2012

Daniel y el mar






Como hace tanto calor estos días en España, vienen bien imágenes como estas, que quizás algunos o muchos ya habréis visto en el muro facebookiano de Inma. Padre e hijo disfrutando de las olas. Daniel se lo pasa bomba en el agua, en cualquier modalidad: ducha, bañera, pisicina, mar... Pero evidentemente cuanta más agua, mejor; cuánta más movilidad, mejor que mejor. Su padre (que ya es casi el único que puede con él ahí dentro) siempre dice lo mismo: se lo pasa más que bien, dentro del mar se puede mover como quiere.

La lástima es que Daniel no puede permanecer durante largo tiempo dentro del agua, porque el termostato del frío se le descontrola un poco, digamos.

- Jorge: Daniel, ¿tienes ya frío?
- Daniel: Síii
- J. ¿Salimos del agua, pues?
- D: 

Quédemosnos con un par de impresiones más: 


una, Daniel sería capaz de volverse del color de la berenjena antes de abandonar el agua (menos mal, en este caso, que no está en su mano hacer lo que le da la gana...) - aquí abajo le veis, guapísimo (je, je), recuperando poco a poco el calorcito




dos, Daniel está muuuy alto




Y,  como no puedo evitarlo, una coletilla menos lúdica:

Todo esto que muestran las fotos también forma parte de eso que se llama entorno familiar, cuidados a cargo del entorno familiar, o algo así. Y lo digo para empezar a calentar motores de cara al próximo post, la segunda parte de "Dependencia".