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sábado, 19 de septiembre de 2020

Pandemia y discapacidad

El pasado día 12 de septiembre publiqué un artículo en Heraldo en Aragón en el que intentaba poner de manifiesto algunas de las particularidades de los efectos de la actual pandemia dentro del ámbito de la vida en discapacidad.  Sé que cada colectivo del conjunto de la sociedad, cada familia, cada persona sufre esta larga situación de forma semejante a otros, pero también de manera diferente en cada caso, cada cual con sus pequeñas o grandes particularidades. De algunas de estas particularidades somos más conscientes, de otras mucho menos. Creo que uno de los ámbitos menos conocidos (siempre y ahora) es el de la discapacidad, a pesar de que, como hemos dicho tantas veces, no sólo las cifras de ciudadanos que viven con alguna diversidad funcional son los suficientemente importantes como para que no fuera así, sino que cada uno de nosotros tiene muchas posibilidades de pasar a ser parte de ese colectivo en cualquier momento de nuestra vida, por múltiples causas.

Un pequeño ejemplo de estas particularidades en la actual coyuntura pandémica lo ponía, a comienzos del curso escolar, una profesora de educación especial, al advertir que, ya en su primer día de clase con sus alumnos diversamente funcionales, se había tenido que quitar la mascarilla: algunos de sus alumnos no la reconocían, no podía entablar buena comunicación con ellos con la mascarilla puesta. En cinco minutos todas las medidas de seguridad se volvían imposibles, incompatibles con lo cotidiano, pero no de una manera banal (por hacer una fiesta, por no cuidar aforos, o por cualquiera de las incoherencias que tantas veces estamos observando): por pura necesidad vital.

Hablábamos ayer con el padre de Daniel (es decir, mi hermano) sobre cómo a algunas personas de nuestro entorno les cuesta mucho imaginar las graves consecuencias vitales que pudiera tener que alguno de los miembros de su núcleo familiar enfermase. Y si le pasara a Daniel, ya no sólo es que las consecuencias pudieran ser muy graves para su salud, es que se iniciaría una cadena de riesgos familiares complicada de eludir y parar: si a un chaval con discapacidad hubiera que ingresarlo, algún familiar debería quedarse en aislamiento con él necesariamente, porque nadie del hospital podría hacerse cargo de su atención y porque posiblemente la persona discapacitada enferma necesitaría a su lado de alguien conocido, y lo necesitaría de manera constante. Ello conlleva el riesgo de infección para el familiar, y si su proceso fuera grave, estaríamos en una situación terrible. Y esto es el ejemplo extremo de la panoplia de situaciones diarias que se están dando en la vida diaria de los entornos de la discapacidad.

Tengo la impresión de que cuanto más tiempo pasemos dentro de la pandemia más va a decrecer la empatía colectiva. Por eso debemos reforzar todo lo que podamos la protección de los más frágiles.

Copio a continuación el texto del artículo que publiqué en Heraldo, por si alguien no pudo leerlo y le interesa: 













jueves, 14 de mayo de 2020

Queda mucho






El viernes anterior a la declaración del estado de alarma, hace hoy dos meses, pasé un momento por casa de Daniel y sus padres, guardando ya la distancia de seguridad, porque Daniel es persona de alto riesgo. Nos despedimos por unos días, sin abrazos, con un “vamos hablando” que se ha prolongado, como para todos, durante un par de meses, en sus diferentes modalidades: llamadas de voz, videollamadas, whatsapp. Esta semana ya hemos podido, por fin, volver a vernos, como todos. Pero, todavía, de nuevo, sin abrazos. Nos costó mucho. Pero Daniel es persona de alto riesgo y, aunque es evidente que la protección absoluta no es posible ni para él ni para nadie, procuramos ser lo más precavidos y cuidadosos posibles. El coste emocional está claro. Pero que sucediera algo por falta de atención, de cuidado, tendría un coste mucho más grave, incluida la devastación emocional.

Soy consciente de que todos tenemos muchas dudas en esta extraña y dura situación, provocada por la pandemia. También tenemos miedo y, contradictoriamente, al mismo tiempo quizás sentimos ya a accionarse dentro de cada cual una palanca que impulsa a huir y a olvidarnos un poco de todo. Estamos cansados. Pero queda mucho. Queda mucho.

No debemos olvidarlo. Salir a la calle no quiere decir que esto haya terminado. Queda mucho. Y todos tenemos, seguro, uno o dos o tres Danieles a nuestro lado por quienes tener cuidado, por quienes cuidarnos, por quienes pedir a los demás que sigáis teniendo cuidado.

domingo, 12 de abril de 2020

Los abrazos

Daniel y yo nos hemos enfadado muy pocas veces. Cuando él se enfada, o cuando saca a pasear su indiferencia porque tú te has enfadado, hay algo que nunca, nunca, falla para romper el hielo y volver a la comunicación y a la ternura: ¿un abrazo, Daniel? Jamás se ha resistido al calor de un abrazo, a ese gesto de amor y comunicación al que Daniel llama, “un mimo”. Durante muchos, muchos años, pasábamos la mitad de las horas de cada tarde que iba a verlo, en plan koala; siempre terminábamos delante del ordenador o de la televisión con Daniel hecho un ovillo entre mis brazos. El contacto cuerpo a cuerpo es para él fundamental. Y terapéutico, equilibrador. No ha abandonado la necesidad de la cercanía corporal. O simplemente no cercena esa necesidad, como solemos hacer los adultos en general, por propia inercia de nuestros adustos quehaceres cotidianos. Yo aprendí de él la capacidad de curación que puede tener un abrazo. Daniel ya es un chaval grande, prácticamente más grande que yo, y aquella rutina que tanto nos gustaba ya no es posible. Pero sí lo son los abrazos con los que nos saludamos cada tarde que nos vemos, los que nos damos mientras estamos juntos, o cuando nos decimos hasta mañana o pasado mañana (como solíamos). Como todos, en esta cruel crisis del coronavirus que nos obliga a estar separados para protegernos mutualmente, llevamos ya cuatro semanas sin abrazos, y nos quedan algunas más.



Así que echad de menos, sin rubor, los abrazos. Es un signo de clara humanidad.