La cuestión es que buscando la dirección de correo del Ceapat para cursar nuestra petición (los pulsadores los elaboran gratuitamente y sólo hay que pagar los gastos de envío), encontré la referencia a un cuento editado por dicho centro y que me llamó poderosamente la atención.
El título del cuento: “Kathrin habla con sus ojos”. Se trata de una traducción realizada por la logopeda del Ceapat, Cristina Larraz Istúriz del original publicado por Butzon & Bercker, creo que en Dinamarca. Es un relato bello y muy, muy instructivo. Ilustrado con mucho cuidado y dulzura por Astrid Leson.

Dice la contracubierta del libro:
“Esto es lo que nos cuenta Kathrin en su historia autobiográfica. No puede ni andar ni hablar. Para comunicarse utiliza un tablero de letras. Sin embargo, Kathrin tiene mucho que decir: su historia muestra que un niño con discapacidad tiene deseos y sueños y encuentra placer en la vida igual que cualquier otro niño”.
Fue lo que leí en la web del Ceapat e inmediatamente llamé a Los Portadores de Sueños (es una librería a la que voy habitualmente) para que intentaran conseguirlo. Pero está agotado. Así que recurrí al préstamo interbibliotecario y los profesionales magníficos de la Biblioteca de Aragón lo ha localizado en la Biblioteca Pública da Coruña. El otro día fui a consultarlo. Lo leí, vi bien las ilustraciones e hice las fotocopias (que para eso las Bibliotecas pagan su canon). No tengo fotocopias en color y es una pena, porque las ilustraciones son muy espectaculares en este aspecto: colores puros, muy alegres. También demuestran estas ilustraciones un gran cuidado en reflejar las posturas y ademanes propios de un niño con problemas motóricos. Son realmente buenas.
El cuento es magnífico. Lo escribieron entre la propia Kathrin y su logopeda, Stefan Gemmel. Este explica al final del libro cómo lo hicieron:
“Aunque Kathrin no hable, tiene mucho que decir. Quiere contarle a los demás lo que siente, lo que es importante para ella, y cómo son sus días.
A pesar de su discapacidad, Kathrin es una niña como cualquiera otra. Tiene los mismos intereses y deseos, y le gusta mucho divertirse. Las únicas diferencias son los límites que le ponen por su discapacidad.
Hemos escrito este libro juntos. Kathrin me decía con su tablero de letras lo que quería decir y lo que para ella era importante compartir. Con preguntas de sí y no, hablamos sobre el tema del libro. Me decía todas las palabras y yo las escribía.
Durante nuestro trabajo juntos he admirado intensamente la perseverancia de Kathrin y su infinita paciencia. Ya sólo el ser capaz de hablar con los ojos y un tablero de letras es muy cansado. No hace mucho, Kathrin consiguió un dispositivo electrónico para hablar. Ahora la comunicación es más fácil. Pero aunque ha hecho enormes progresos, aún necesita horas para exponer las pocas frases de esta historia”.
El libro de Kathrin y Stefan fue traducido en 1999 y una de las cosas que me han llamado la atención es el relativo grado de avance en las cuestiones sociales relacionadas con la discapacidad que se trasluce: Kathrin acude a un colegio donde se educan juntos niños sin y con problemas, que dispone de las adaptaciones y de los curriculos educativos precisos; tiene ayudas técnicas para comunicarse y relacionarse, que lleva con ella allí a donde vaya, etc. Nada de ello es en absoluto usual todavía hoy mismo en España.
Kathrin habla de muchas cosas. De su vida en familia, de cómo esa vida en familia se ha adaptado a sus circunstancias, de cómo realizan las tareas diarias (comer, beber, vestirse, etc) y los juegos. También salen con su madre y su hermano a un bosque cercano, donde se columpian, van al río, pasean…
Kathrin es una niña de diez años cuando escribe su cuento. Su desarrollo intelectual parece completo y lo que peor lleva es el tema de la comunicación. Habla de que se pone triste muchas veces cuando no puede conseguir hacerse entender. Primero hablaba con la mirada: dirigía sus ojos a la mesa si quería comer, o a la puerta si queria salir, etc… Luego consiguió responder con “si” y “no” a las propuestas que le hacían, y por fin pudo utilizar los aparatos de comunicación aumentativa. Pero ella se siente aíslada, es verdad. Le gusta mucho ir al colegio porque allí hace múltiples actividades y juega con sus compañeros con o sin problemas; incluso hace de árbitro en los partidos de fútbol. Pero el colegio no está ubicado en su barrio (porque se trata de un centro preparado para la educación inclusiva, y no lo están todos los colegios en su ciudad). Por ello en el barrio no tiene amigos. Los niños del barrio no han adquirido las herramientas necesarias para relacionarse con ella, sencillamente porque no conviven con ella. Kathrin piensa que la gente que no la conoce no sabe relacionarse con ella porque ella no puede explicarles bien lo que piensa ni lo que quiere. Y eso la entristece. Dice Kathrin:
“Esto es en realidad lo peor. No que no pueda andar. Ni que no pueda hablar. ¡Sino el no tener un buen amigo!”
Kathrin piensa que si pudiera hablar todo sería diferente. Pero también se da cuenta de algo que siempre le dice su madre. “No ser capaz de reírse sería peor que no ser capaz de hablar”.
Y yo pienso que si los niños de su barrio tuvieran con ella el mismo tipo de relación que sus compañeros de colegio, las cosas ya empezarían a ser diferentes.
Y también sé lo importante que es esa risa de la que habla la madre de Kathrin, porque en el caso de Daniel su risa, sus carcajadas abiertas y libres, ha sido siempre una fuente de felicidad y bienestar para todos, un certificado de que Daniel es, desde luego, un niño feliz.
Aunque también sé que conforme crece aparecen en él algunos rasgos de frustración, como le sucede a Kathrin. Y como a ella, una de las cosas que le ponen de mal genio a menudo es no poder comunicarse con facilidad.
Por eso seguramente, esa parte del relato del Kathrin es la que personalmente más me ha impresionado. Daniel tiene un nivel de comprensión completo, él entiende y asimila todo lo que se le dice, y de hecho elabora sus respuestas y las manifiesta como puede. Ahora está en una fase en la que habla y habla, en un lenguaje particular. Un poco como hacen los niños pequeños. El neurólogo y nuestra propia experiencia coinciden en que ello quiere decir que Daniel posee un lenguaje interior propio y completamente desarrollado. Así que una de las tareas más importantes, sino la que más, es que entre todos le ayudemos a conseguir que alcance las mayores cotas de comunicación posible, aunque sea a través de diferentes medios.
¡Y aunque sea en inglés, ja, ja…! Ayer el políglota se zampó entero un curso de inglés para niños de más de media hora de duración. Y lo curioso es cómo le estimula esa fonética para intentar pronunciar él mismo sonidos nuevos. Algunos ya sabéis que Daniel cuenta en inglés unos cuantos números. Inma y yo nos quedamos a cuadros cuando entre todos los apartados dedicados en ese curso al vocabulario de diferentes tipos (familia, semana, meses, animales, etc), él reconoció inmediatamente el anuncio de que en ese momento tocaba decir los números hasta veinte y reaccionó rápidamente intentado repertirlos. Para rematar la clase, al final de la tarde se despidió de sus abuelos y de mí con un ¡goodbye!, pues ¡hala!. Seguro que después durante el baño siguió explicándole (en su inglés) a su padre, que es la persona en la que más confía del mundo, todas las cosas sucedidas en el día, como habitualmente suele.


