
Ayer tocó de nuevo echar la tarde en la ortopedia. La nueva silla de Daniel parece requerir más ajustes que un formula 1. Son pequeñas cosas que se ven con la utilización del vehículo, claro. Que si hay que afinar la posición del cabezal; que si cerrar un poco el chasis para que Daniel, que no para, no cuele el brazo por detrás; que si vamos a ponerle un cinturón pectoral para que Daniel, que no para, no se despendole a todas horas de un lado a otro de la silla… En fin ya veis que los ajustillos no son por problemas de la silla, sino por el pasajero, je, je. Él va encantando en su nuevo “auto”, que le permite mucha más movilidad y alcahuetear mejor hacia los lados, y doblarse más… Pero claro, hay que procurar que sus posturas sean las mejores posibles, y compaginar todo cuesta unos días, mientras se van viendo los problemas, cómo resolverlos, etc.
La verdad es que la silla está genial: y ya puede, que el precio es también de formula 1 (de estos asuntazos económicos hablaremos pronto, pues en España, por ejemplo, cada Comunidad Autónoma parece estar resolviendo la cuestión del material ortopédico de una manera distinta y se están creando graves diferencias).
Inciso anterior aparte, quería contar lo de la tarde en la ortopedia porque supierais como va la operación “silla nueva” y vierais que el asunto no es llegar y ya está. El tema postural es extremadamente importante y hay que ir con cuidado y paciencia, si es posible. Quiero decir si uno puede permitirse tener un material que a su vez permite ese cuidado y esa paciencia. Ya sé que no siempre es factible. Ya digo, hablaremos de esto.
Quería contar además que mientras estuvimos esperando en la ortopedia fueron pasando por allí otras personas. Entre ellas, vino una niña, Alejandra, con sus padres. A Alejandra le llamó mucho la atención un andador infantil, pintado de muchos colores muy vivos, y se puso a corretear tras él por la tienda. Daniel la vio, claro, la oyó. Y enseguida se tiro (literalmente) al suelo. Son increíbles las ansias de este niño por ponerse de pie, por intentar caminar. Claro que hay que sostenerle. Api, una de sus fisioterapeutas, nos ha enseñado a llevarle de tal manera que mantenga sus piernas abiertas (por el problema de la luxación de cadera). La espalda del adulto acaba molida, seguro. Pero Daniel es tremendamente feliz dando unos cuantos pasos, correteando incluso. Cuando Alejandra vio a Daniel erguido, se acercó a nosotros y nos empujó el andador, con la intención de que Daniel se sirviera de él. Sus ojos eran hermosísimos en ese momento, os lo prometo. Yo le dije que él no podía empujar el andador; que yo le ayudaba, que así íbamos mejor, que muchas gracias, que llevase ella el andador y así todos jugábamos un rato. ¿Sí?, me contestó. Seguro, le insistí. Bueno, y siguió correteando con ese pequeño andador rojo, amarillo, verde, azul…
De todas maneras, ¿quién había dicho que Daniel no podía empujar el andador? Por intentarlo no iba a quedar. Cuando Alejandra entró hacia la zona de consultas de la ortopedia, Danielón me condujo en directo al andador, nos pusimos detrás de él, y le pegó un par de empujones. Para que veas, tía aguafiestas… seguro que pensó. Nos faltó un poco de coordinación con las piernas, eso sí. Así que yo temblequeé por dentro, porque creo que él pensó que con el andador, si Alejandra andaba, él también. De todas formas, no se descorazonó lo más mínimo. Y sé que volveremos a intentar jugar con el artefacto. ¡Menudo perzolaga está hecho!
En casa, sola por la noche, he estado dándole vueltas al asunto de que los pensamientos de Daniel están creciendo mucho, y por lo tanto se deben estar problematizando. Cosas de la edad, supongo, que conviene no perder de vista para nada.